Umberto Eco no quiso escribir ni siquiera sobre el Mundial de Italia 1990. No es que odiara el fútbol y menos que no le interesara el juego, sino que aborrecía la cháchara sobre la cháchara y su capacidad para generar una realidad paralela que podía llegar al extremo de discutir sobre un partido que ni siquiera se llegó a disputar, razón de más para que descansara durante la Copa del Mundo.

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