Tarek el Khazri camina por la senda que discurre entre los campos de fútbol de la Academia Mohamed VI. Llevan el nombre de jugadores producidos en este laboratorio ubicado en Salé, a las afueras de Rabat, al borde del bosque de Mamora, el mayor alcornocal del mundo: Ounahi, Aguerd, Boudlal… El Khazri, el responsable del reclutamiento, se detiene un instante bajo el sol primaveral. “Este es el secreto del fútbol marroquí”, proclama sobre el soniquete incesante de fondo de golpeos de varios entrenamientos simultáneos. Si allí se cocina el secreto, él es el druida que modela la fórmula desde que abrieron las instalaciones en 2010 y él tenía solo 27 años. En Qatar 2022 Marruecos se convirtió en la primera selección africana en alcanzar las semifinales de un Mundial. De sus 26 futbolistas, 14 habían nacido fuera del país y habían sido reclutados a través de un concienzudo y exitoso plan de captación de talento foráneo con raíces marroquíes. Otros cuatro se formaron en la probeta única de la Academia Mohamed VI: En-Nesyri, ahora en Al Ittihad; Ounahi, del Girona; Aguerd, del Olympique de Marsella, y Tagnaouti, del FAR de Rabat. En octubre de 2025, la selección marroquí ganó el Mundial sub-20, un título que avisa de que el trabajo de formación es muy sólido y anuncia éxitos de la absoluta más adelante. En la final derrotó a Argentina (2-0) con un 11 inicial en el que figuraban cuatro graduados del centro: Zahouani, Khalifi, Essadak y Zabiri, que marcó los dos goles de la final y fue escogido segundo mejor jugador del torneo. El Khazri recibe todos los años ofertas de clubes de países del Golfo y de Europa. Algunas cuadruplican y quintuplican su sueldo. Pero no se quiere mover. “Trabajar en la academia es un orgullo. Trabajas en una institución del rey, porque para nosotros es un proyecto del rey, y es la visión del rey. Todos los marroquíes trabajan para que este proyecto llegue a ser competitivo en África y en el mundo. Y si soy alguien, es gracias a la academia”. El centro, impulsado por Mohamed VI y financiado con fondos de la bolsa de la corona, se concibió para construir el mejor club de Marruecos. El monarca quería un proyecto que contribuyera a elevar desde la base el nivel del fútbol en todo el país, una pieza más del proyecto global de convertirse en el principal foco de este deporte en África, ahora con la mente puesta en el Mundial 2030, que organizan con España y Portugal. La academia tiene cinco equipos (sub-13, sub-15, ­sub-17, sub-18 y sub-21) que compiten en los campeonatos regionales y nacionales siempre por encima de su edad. “Nuestros niños tienen mucho talento. Si jugásemos con los de la misma edad, no sería un desafío para ellos”, dice El Khazri. La vida del goleador de la final del Mundial sub-20, Zabiri, que también tiene un campo con su nombre, dibuja la ruta que recorren los chicos en la Academia Mohamed VI. El delantero pasó más de una década al cuidado del programa hasta jugar, con 21 años, en el Stade Rennais de la liga francesa. Hay 22 graduados en clubes europeos y 32 en equipos de la primera división marroquí. “Es como una fábrica”, explica El Khazri. El proceso comienza con la búsqueda de la materia prima a través de 11 centros de reclutamiento diseminados por el país que evalúan a niños de entre 7 y 13 años. “Lo más importante es la detección del talento. Si tienes buenos jugadores, todo fluye. Si no, es complicado. Puedes tener los mejores entrenadores del mundo, pero si no tienes los mejores jugadores…”. Esa red localizó a Zabiri en Marraquech cuando tenía 10 años y empezó a entrenarlo allí, antes de decidir su traslado a Salé. Controlan a 454 niños de estas edades, observan su progresión y cada año, cuando cumplen 13, escogen 20 y los llevan a las instalaciones de la academia, donde viven hasta los 18. Es muy raro que incorporen chicos de más de 13. “Ocurre solo con niños muy talentosos, uno o dos al año. Incluso para ellos, el máximo para entrar son 15 años. Después, es imposible”. El programa mínimo de formación que contempla El Khazri para producir futbolistas de nivel es de al menos tres años. Pero casi todos pasan entre cinco y ocho en el sistema, incluyendo el tiempo inicial de entrenamientos en sus ciudades. Entonces aterrizan en un lugar diseñado para que piensen en pocas cosas más además del fútbol. El programa es gratuito y muchas familias incluso empiezan a cobrar cuando los chicos cumplen 16, lo que soluciona algunas situaciones límite. Allí comen y duermen, allí van a clase, allí entrenan por la mañana y por la tarde, allí los atienden los médicos y los fisios, y allí rezan, en la mezquita construida en el recinto. Las instalaciones, de nivel profesional, son de una calidad mucho más alta que las de cualquier club del país. Que sean así tiene un propósito: “No queremos que se sientan impresionados cuando vayan a jugar a un club en Europa”, dice El Khazri. El aspecto mental tiene una importancia enorme: “Con los medios de comunicación, con las redes sociales y todo lo que vemos, si un jugador no es sólido mentalmente, es difícil que lo logre. Debe ser un jugador con una mentalidad de acero”. Tienen dos psicólogos que siguen a los chicos desde el primer día. Sobre todo la primera semana que se separan de sus familias, la más dura. Por eso los envían a todos a sus casas después de los primeros cinco días. Marruecos ve la Academia Mohamed VI y su afán de excelencia como un proyecto capaz de provocar transformaciones profundas en todo el sistema futbolístico del país. Y considera el fútbol, y el deporte en general, como un elemento central de su estrategia política y de cuidado de la juventud. Casi la mitad de su población tiene menos de 30 años. Los éxitos recientes de sus selecciones de fútbol contribuyen al orgullo nacional y avivan el apetito por practicarlo. Las tiendas del zoco de la medina de Rabat están inundadas de réplicas de camisetas de Achraf Hakimi, del PSG, y de Brahim Díaz, del Real Madrid; ambos nacidos en España con familia marroquí. La ampliación hacia el oeste de la Corniche de la capital, emprendida en 2019, está salpicada de pequeñas canchas de fútbol de césped artificial que se asoman al Atlántico, y donde se juega de manera gratuita más allá de la puesta de sol, casi hasta medianoche. El impulso que el Gobierno espera que la Academia Mohamed VI dé a la profesionalización de las canteras de los clubes es un movimiento al que otorga tanta importancia que ha puesto al servicio del desarrollo del fútbol su mayor fuente de riqueza y poder geoestratégico: la roca fosfórica. Marruecos alberga más del 70% de las reservas mundiales de este mineral, del que se extraen los fosfatos necesarios para elaborar fertilizantes. El Grupo OCP (Office Chérifien des Phosphates), la empresa estatal que lo explota, creó en enero de 2024 una filial llamada OCP Sport Development para contribuir al fútbol base, bajo la supervisión de la federación marroquí. En su presentación, explicó que se proponía “establecer y gestionar centros y academias de entrenamiento de alto nivel, así como identificar talentos desde una edad temprana”. En esencia, se trata de contagiar con el modelo de la academia del rey a los clubes profesionales. Una de las escuelas que reciben fondos de los fosfatos es la del Fath Union Sport (FUS), el equipo de Rabat al que hizo por primera vez campeón de liga en 2016 Regragui, el seleccionador que llevó a Marruecos a la semifinal en 2022 en Qatar. Se trata de un club tradicional desde cuya ciudad deportiva se divisa uno de los grandes empeños urbanísticos del país mirando a la Copa África de este año y al Mundial de 2030. Al fondo se levanta la silueta del estadio Príncipe Moulay Abdellah, que se derribó en 2023, se levantó de nuevo siguiendo el proyecto del estudio de arquitectura Populus, y se reinauguró en octubre de 2025. Un kilómetro a su izquierda se ve la imponente estación para el tren de alta velocidad que conecta Tánger, Rabat y Casablanca, y que se está ampliando ahora hasta Marraquech. En el FUS también tienen una residencia donde viven sus jugadores entre los 13 y los 18 años, aunque más pequeña, con capacidad solo para 70 de fuera de Rabat. Los demás viven en la capital con sus familias. Van a clase en colegios de los alrededores y hacen el resto de la vida en la residencia, en unas instalaciones mucho más modestas al lado de los campos de entrenamiento. “La Academia Mohamed VI está por encima de nosotros”, dice Manuel Pires, el director técnico, un francés de 55 años que han contratado del Niza, donde dirigía el fútbol base. “Nuestra academia es quizá la número dos o la tres, pero hay una número uno, que son ellos, y queremos hacer lo mismo, queremos competir como ellos, que tienen a los mejores niños del país”. Cada vez más, Marruecos importa talento extranjero para la formación. La escuela del rey está repleta de entrenadores belgas, holandeses y casi siempre también españoles. Quieren elevar el nivel general y aportar a los chicos las visiones de distintas culturas para cuando jueguen en clubes europeos. “Mi inspiración es la escuela española. Guardiola, la selección de 2010”, dice Pires. “Tenían jugadores fantásticos, como Xavi Hernández y Andrés Iniesta, pero sobre todo era una organización táctica ofensivamente libre y defensivamente organizada”. “En el reclutamiento intentamos encontrar perfiles de jugadores con algo más de inteligencia futbolística”, explica. “La creatividad. Esa es la cuestión. ¿Qué hacemos con los que no tienen creatividad o no son muy inteligentes futbolísticamente? Si un día regatean, esa es la primera forma de creatividad. Si prohibimos el regate, es como si un artista pinta algo bonito y le dices, no, no es bonito, bórralo. Si bloqueamos la creatividad, hacemos que todos los jugadores sean iguales”. Incluso un club tan ortodoxo como el FAR, el equipo de las fuerzas armadas, uno de los más exitosos del país, y donde el 90% del personal son militares, se ha entregado a ese enfoque con el apoyo financiero de los fosfatos. Hace unos meses contrataron como director deportivo al francés Julien Banghala, que llegaba de ser el entrenador asistente en el Ajaccio de la segunda división francesa. Desde su llegada se ha ocupado de reorganizar la estructura de la cantera. Seleccionó entrenadores para los chicos de entre 13 y 18 años. Los mayores de 16, que son 120, viven y estudian allí. También montó una especie de comité de alto rendimiento que organiza la información médica y de progresión de todos los jugadores; introdujo nuevos métodos de trabajo, como sesiones esporádicas de fútbol sala para mejorar la técnica, o de gimnasio y piscina. Aunque algunos cambios no llegaron rápido. A veces se requiere recorrer la cadena de mando hasta un comandante. Y viaja mucho buscando chicos: “Es difícil cocinar bien sin ingredientes”, dice. Y mira con una mezcla de admiración y envidia a la Academia Mohamed VI, que cuenta con lo más selecto: “No tenemos contacto. Ya me gustaría…”. En cierto modo, comparte con El Khazri la visión de su escuela como factoría: “Mi objetivo es tener seis jugadores de la cantera en el primer equipo dentro de tres años”. El proceso de fabricación de la Academia Mohamed VI concluye con una especie de feria. A finales de abril organizan un torneo con su equipo mayor al que invitan a los juveniles de algunas de las mejores canteras del mundo. Pero sobre todo invitan a un nutrido y selecto grupo de ojeadores de clubes y agencias. Los chicos están a punto de volar hacia su primer contrato profesional, y en algunos casos la academia ingresa dinero por el traspaso. Muchos regresan de vez en cuando, cuando están concentrados muy cerca de allí, en las imponentes instalaciones de la federación. Se escapan de visita a su antigua academia y reparten botas y camisetas entre los chicos que sueñan con seguir su camino.