Hasta luego por tiempo, inasequible cómplice de periodistas soñadores, y empeñados en que fermenten los sueños colectivos. Hasta luego, profesora en generosidad y exigencia, que regalas ese olfato tuyo, adelantado al nuestro, fraguado en tu condición orgullosa y comprometida de mujer abanderada de la condición de mujer. Hasta siempre, mujer-ciudadana. Aunque tozuda te vas, seguiremos hablando en presente, Sol Gallego. Para explicar a todos cómo has forjado la leyenda de sencilla y grandiosa maestra: en el cómo del periodismo, en sus reglas, en su contrato moral con los lectores. Lo único definitivo. Hace poco, hemos tenido ocasión de subrayarte, al enarbolar tu premio en ética periodística, certificado por la Federación de Asociaciones de Periodistas de España. Desde mucho antes, te doctoraste en esa disciplina, porque te consultamos como definitiva piedra de toque de sensatez y rigor. ¿Quién no ha reconocido esa capacidad de fabricar soluciones evidentes a los problemas enrevesados? Contigo en posición de timonel, ocuparas formalmente la que ocuparas, hemos construido un falansterio espiritual utópico: trabado sobre el estupendo y asediado oficio de periodista, compartiendo una mirada crítica al mundo y desplegando siempre una nunca desmayada pasión por la vida y la gente. En el pasado inmediato, nos referíamos a los colegas veteranos y creadores de escuela, como “maestros de periodistas”, a veces así nombrados con voz engolada de antiguo telediario. Ahora lo pones más difícil —esa manía—, porque tu maestría es específica, concreta, nada nebulosa: la ética, el cumplimiento (y el desbordamiento ordenado y leal) de las reglas compartidas sigue siendo asignatura demasiado pendiente en nuestra sociedad. Y en nuestro oficio. Seguramente, tu secreto es ser persona antes que profesional. Rebelde antes que complacida. Nieta de un prohombre de la Institución Libre de Enseñanza, hija de un sabio matemático rojo y perseguido, y de una silenciosa resistente, llevas con dignidad su legado. Y ya chavala con hambre de libertad, te apuntas al movimiento antifranquista, en versión libertaria. Tropiezas así con este oficio y lo ensalzas, en Cuadernos para el diálogo, desvelando en equipo (con Federico Abascal y con Flavio) el borrador de la Constitución. Y en este diario del que eres mascarón de proa, sobre todo en simbiosis con Joaquín Estefanía, pero también junto con los demás. Con los de piedra picada que se han ido antes, Bonifacio de la Cuadra y Malén Aznárez, Joaquín Prieto y Antonio Franco…, gente hermosa. Con Boni nos regalas la Crónica secreta de la Constitución, un libro tan actual que deberíamos regalarlo también a todos los jóvenes: la crónica de un texto que es también piedra angular de esa libertad sin la que ejercer un periodismo pleno resulta imposible. Y que enfatiza su sentido profundo: el derecho de todo ciudadano a “recibir libremente información veraz”. Como éxtasis de nuestro derecho a averiguarla y publicarla, pese a presiones y pesares, y a nuestros prejuicios. Tu trayectoria de medio siglo largo te encuentra de redactora, subdirectora, directora adjunta, defensora del lector, columnista, directora de EL PAÍS (entre 2018 y 2020), y comentarista radiofónica en la SER. Y en distintos momentos separados en el tiempo, de corresponsal en Bruselas, Londres, París, Nueva York y Buenos Aires, y delegada en Sevilla. Siempre en la querencia de algo nuevo que aprender y transmitir, siempre seducida por un concepto circular —nunca vertical— del oficio; siempre enamorada del poder de las ideas y distante de las ideas del poder. Al punto de encabezar la renuncia —y en equipo de directores adjuntos— ante el poder interno cuando eso nos parecía una exigencia, y una palanca, para mantener la dignidad del periódico ante una gran guerra, la segunda del Golfo (1990-1991), y para, como fusibles, preservar la continuidad de un director digno. De honor. O al de avenirte a retirar de una entrevista que habías realizado a un presidente la respuesta a una de las cuestiones, pero de ninguna manera a eludir la constancia de que le habías formulado la incómoda pregunta. Sin alharacas. Respetuosamente con todos, y contigo misma. Compartimos tantos momentos excitantes para el futuro de nuestra sociedad, como las cumbres del euro, uno como corresponsal, la otra como analista o enviada especial. Habitualmente culminados ante los fogones bruselenses de La Fiorentina, catedral de la gastronomía casera de la signora Maria, que tanto añoramos. Y todos aprendemos de tu generosidad, esa de compartirlo todo, y de tu hábil temple en manejar conflictos imposibles. No hay demasiados colegas entre nosotros, si es que los hay, que exhiban un viaje tan intenso y tan entrelazado entre el enraizamiento local-nacional y ese cosmopolitismo que abre el espíritu y afianza la afición a la aventura de descubrir lo nuevo. Y con desapego personal. ¿Recuerdas que renunciaste hace decenios a la dirección, y únicamente aceptaste el cargo hace poco y por solo dos años, solo para enderezar el rumbo de este papel, que se había despistado? Hoy celebramos más que nunca, para que nos duren siempre, tus fuertes convicciones de progreso, resumidas en la clásica tríada de libertad-igualdad-fraternidad, aunque actualizada; y en caso de duda, inclinando la balanza o el dilema hacia el lado del más débil. Tu convicción de que existe “una cierta manera de hacer las cosas”, como sostiene la mejor cultura francesa. Tu defensa acerada del ideal kantiano de paz universal. Tu práctica de la ética personal y profesional como imperativo categórico que trasciende intereses y conveniencias. Esa manera que se traduce en normas muy concretas: en verificar las noticias, en apelar a distintas fuentes, en criticar respetando, en evitar altisonancias… En pugnar por ser independiente, sobre todo, de uno mismo. Tú sí lo has conseguido, hermana.
Hermana y maestra
Hasta luego por tiempo, inasequible cómplice de periodistas soñadores, y empeñados en que fermenten los sueños colectivos. Hasta luego, profesora en generosidad y exigencia, que regalas ese olfato tuyo, adelantado al nuestro, fraguado en tu condición orgullosa y comprometida de mujer abanderada de l
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