Los Simpson, la serie de animación creada por Matt Groening en 1989 y que transita ya su temporada número 37, ha predicho el futuro hasta 55 veces. En 1993 vagamente anticiparon la pandemia por coronavirus que tendría lugar en 2020. En 2000, predijeron que Donald Trump sería presidente de EE UU. También adivinaron el caso de corrupción que sacudió la FIFA en 2015 meses antes de que estallara, adelantaron la llegada de los relojes inteligentes, la fusión entre Disney y Fox y el Premio Nobel de Economía para el finlandés Bengt R. Holmström. Pero lo que no adivinaron los responsables de este producto audiovisual que se estrenó en España en 1991 y que vivió su gran apogeo en Antena 3 a partir de 1994, cuando de lunes a viernes a las dos de la tarde su emisión convocaba un ritual de hermanamiento intergeneracional frente al televisor, es que en 2026 un profesor de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Getafe que se había valido de infinidad de sus argumentos para conectar el conocimiento que aspiraba a transmitir a sus alumnos con el saber popular debería dejar de usarlos en clase. “Antes podía hacer esas bromas y conexiones porque todo el mundo veía Los Simpson y era un referente compartido por todos. Ahora el problema no es solo que los alumnos no entienden las bromas porque no han visto la serie, sino que no soy capaz de buscar un referente que hayan visto todos. Tienen nichos muy segmentados, burbujas muy aisladas, que hace que los jóvenes sean hoy muy heterogéneos entre sí y, además, que el diálogo que hay entre generaciones en términos de marcos compartidos sea más bajo que el que había en el pasado. Los jóvenes antes se rebelaban contra un marco, ahora lo que directamente hacen es no compartir el marco, es decir, estar en otro”, afirma Pablo Simón, autor de libros como Entender la política: Una guía para novatos, comentarista en TVE o La Sexta y ese profesor que ya no puede valerse de Lisa Simpson para explicarles nada a sus alumnos. Nació en 1985, es milenial, acaso la generación que más parece estar padeciendo la brecha generacional que se ha abierto en este país en los últimos años y cuyos síntomas van mucho más allá de si los veinteañeros ya no saben quién es Milhouse. Atraviesa el mercado laboral, el de la vivienda, las políticas públicas. Se ha ensanchado de tal forma que amenaza incluso con imponerse a los debates de clase, género o raza como eje de tensión.Seguir leyendo