Últimamente, hablamos tanto de generaciones —y resulta que todos tenemos por lo menos una—. Quizá la culpa es de la democracia. Hubo tiempos en que solo pertenecían a una generación los que habían hecho algún mérito: hablábamos de la generación —de narradores y pintores— del 98, de la generación —de poetas— del 27, por ejemplo. Pero llegó el populismo y trajo generaciones para todos. Dicen que la precursora fue una periodista neoyorquina, Sylvia F. Porter, que notó, a principios de los cincuenta, que el Central Park rebosaba de nenes y entendió que eran el resultado de la euforia amable de la posguerra, cuando el Mundo Libre estaba en pleno boom de coches y neveras y bombas atómicas. Entonces se le ocurrió llamarlo baby boom, y el concepto fue un boom tamaño baño —recuerdo de unos días, como estos, en que Estados Unidos lo resolvía todo a fuerza de bombazos—.Seguir leyendo