Con todo lo demás ya perdido, el Real Madrid encontró un rato de felicidad paradójica ante el Bayern Múnich. También cuando ya casi parecía que se escapaba todo en los cuartos de la Champions. Pero se vio 0-2 después de muchos minutos sometido y despertó ese espíritu salvaje que tanto enamora al Bernabéu. Abrió las compuertas del arrebato, encendió a la grada y Mbappé logró recortar la desventaja y dejar la eliminatoria algo más abierta para la vuelta del próximo miércoles en Múnich. Deprimido después de dejar escapar la Liga en Mallorca, el Real recuperó su versión comprometida y vibrante, la felicidad del vértigo de su Copa de Europa ante un rival formidable que lo dominó hasta que la ambición insaciable de Kompany dejó el partido abierto al intercambio de golpes y las carreras de Mbappé, Vinicius y Bellingham. El Madrid sonrió un rato al volver a reconocerse, pero quizá se trató de un instante de dicha fugaz, tal vez solo con otro partido por delante en la Champions. Seguir leyendo