Mario Vargas Llosa el autor de La ciudad y los perros murió el 13 de abril de 2025 hace un año. Tenía 89. Su obra es la de un escritor generoso que no sólo dedicó su vida a la creación propia. Fue un apasionado lector de la obra ajena a la que dedicó una atención inigualable. Fue también un periodista que recorrió el mundo contando lo que ocurría en el siglo XX y lo que vivió del siglo XXI. En esta conversación su editora de los últimos 30 años Pilar Reyes explica la pasión y la alegría de contar que marcó la vida del premio Nobel peruano.–¿Cuándo conociste a Vargas Llosa?–Cuando empezó a publicar en Alfaguara. El primer lanzamiento fue Los cuadernos de Don Rigoberto. Yo estaba estudiando todavía en la universidad y por tanto esa tarea implicaba conocer y trabajar el libro de alguien que había estudiado como un clásico. Era 1997 y lo conocí en Colombia cuando fue a presentar aquel libro en la Feria de Bogotá.–¿Cuál fue tu impresión ante un autor tan importante?–Mi primera sensación fue primero de desconcierto. Estaba interviniendo digamos en el destino de un libro de alguien al que yo hasta hace muy pocos meses estudiaba en la universidad. Tenía que adecuar toda la campaña que se estaba haciendo en España y en otros países a mi mercado local. Para mí fue al mismo tiempo que trabajar un libro de Mario Vargas Llosa empezar a entender cómo funciona el mundo editorial. Cuando conocí a Mario me desconcertó la persona. Imaginé a alguien más difícil de tratar más ensimismado y no era ninguna de las dos cosas. Era una persona curiosa por todo muy poco susceptible a la complacencia. No había ninguna soberbia en su manera de tratar. Yo tenía 25 años y su trato conmigo fue absolutamente respetuoso aceptando decisiones que habíamos tomado sobre sus libros. Me encantó verlo tan interesado por la situación colombiana. Quería que le organizáramos reuniones con gente para enterarse qué estaba pasando. En eso tenía también un componente muy periodístico. No quería saber cosas de oídas quería saberlas de primera mano.–¿Podría decirse que él se adaptó a ti más que tú a él?–Te diría que no fue exactamente así. Me parece que no hay un Vargas Llosa público y un Vargas Llosa privado. Él era una persona que se comportaba igual con la gente sin tener en cuenta qué tipo de persona era. Me pareció hermoso conocerlo. Y fue esa persona desde el primer día. Creo que era un rasgo de su carácter. Él descubrió el éxito muy joven y creo que era una persona agradecida por ello. Una persona talentosísima aunque también tenía la sensación de que había encontrado a la gente correcta en el momento correcto y que eso había sido una suerte. La curiosidad siempre te pone en un lugar muy particular en la vida porque te hace pensar que desde cualquier ámbito puede surgir algo interesante sorpresivo y positivo. Fue el rasgo de carácter que más me llamó la atención.–¿Cuándo te diste cuenta de que él era amigo tuyo?–Hubo algo muy curioso como el ordenado azar que decía Jorge Luis Borges. Yo estaba escribiendo una notita que me pidieron en Letras Libres a la muerte de Mario para el número que hacían en su honor y quería recordar qué me había escrito en la dedicatoria a la edición de Los cuadernos de Don Rigoberto tras aquel primer encuentro. Fue impresionante porque fue exactamente el mismo día el 3 de mayo cuando me escribió esa dedicatoria casi 30 años antes de que estuviera escribiendo precisamente esa nota… No creo en cosas raras pero me parecía que había un orden en esa coincidencia. El me escribió esa dedicatoria: “Para la discreta Pilar…”. Él veía en qué momento vital estaba yo jovencísima teniendo que enfrentarme a esta panterota... Así pues me firmó el libro y muy poco después le conté que le tenía miedo al avión. Él tomó datos de ese hecho y me mandó una notita a través de Patricia diciendo que Mario me enviaba un curso para perderle el miedo al avión. Patricia era muy sensible a tomar esos elementos como muestra de amistad. En Colombia se inició y aquí en Madrid se hizo para siempre.–Tenía mucho sentido del humor Mario Vargas Llosa.–Así es. Creo que ese es también un carácter de los grandes novelistas: esa tradición cervantina de la ironía como parte casi estructural del ejercicio de escribir novelas. Vargas Llosa lo practicaba maravillosamente y en la conversación era una persona fantástica. Siempre oigo su voz expandida en mi memoria y siempre hay una sonrisa. La risa de Mario era algo muy central en su manera de expresarse. No tenía que ver exactamente con el sentido del humor sino con la alegría de vivir. Cuando lo oigo en mi memoria siempre pienso en su risa como algo muy distintivo suyo. Escribió grandes libros con un sentido del humor increíble. Libros como Pantaleón y las visitadoras o como La tía Julia y el escribidor son obras en las se encuentra una ironía formidable.–Si ahora tuvieras que volver a publicar el primer libro que editaste Don Rigoberto ¿le hubieras dicho que introdujera cambios?–No no le hubiera dicho “aquí pon otra cosa”. Pero sí tuvimos conversaciones respecto a algunos libros. En la primera versión que yo leí de Tiempos recios el capítulo que hoy es el que abre el libro estaba en otro lugar. Se lo dije yo y se lo dijeron un par de lectores. Creo que eso lo motivó a aceptarlo. Esa duda sobre lo que había hecho Mario la tuvo hasta el último momento. No era una persona que daba por finalizado un libro cuando lo entregaba: abría una conversación. Lo que pasa es que claro un texto de Vargas Llosa era un texto súper terminado. Los editores que trabajaban el texto señalaban incongruencias; a veces decía que parecíamos la policía de lo que hallábamos escrito. Y había cosas que aceptaba y cosas que no. Él firmaba al lado de cada corrección que aceptaba o no aceptaba. Y eso habla maravillosamente bien de él de la seriedad con la que asumía el proceso editorial.–¿Cómo recibiste tú y cómo terminaste de leer el libro Le dedico mi silencio?–Primero me entristeció pensar que estaba leyendo su último libro.–Pero tú ya lo sabías...–Claro. Él me dijo cuando fui a su casa: “Acabo de terminar la novela”. Él no mostraba nada en el proceso de escritura. Sí hablaba de qué trataba incluso se refería en alguno de sus artículos de Piedra de Toque a lo que estuviera escribiendo… Para Mario cada libro era también un viaje: en la geografía en la búsqueda de documentos. Yo sabía sobre qué estaba escribiendo pero nunca leí nada hasta que me entregó el manuscrito final. Así que cuando fui a su casa me dijo que había terminado la novela y añadió: “Y esta es la última novela que voy a escribir... Escribir novelas es crear una arquitectura en la cabeza y eso necesita una energía tanto para viajar como para construir ese universo. Y esa energía yo ya no la tengo”. Me quedé emocionalmente muy impactada y él le quitó dramatismo: “Pero no es el último libro que voy a escribir”. Entonces me habló de un ensayo que quería hacer sobre Jean Paul Sartre “porque me parece que hay una interpretación errada sobre Sartre”. Pero lo que me vino a decir es: yo ya estoy muy mayor para escribir novelas… En el manuscrito me sorprendieron muchas cosas porque Mario siempre había sido muy crítico con el folclor y me sorprendió que él decidiera hacer protagonista a un personaje que escribía sobre el criollismo como la identidad peruana y todas esas ideas que había combatido tanto en el pasado. A mí me parece que es de una valentía absoluta haber decidido escribir hasta el último día de su vida y en este caso dejar el rastro de la dificultad que fue escribir el libro. Eso me parece hermoso valiente y una lección de vida.–Hay dos personajes en la vida de Mario. Uno es la familia y otro son los amigos. ¿Cómo veías tú la capacidad de amistad de Mario?–Mario decía que su primer impulso fue para él el teatro. Luego se hizo novelista. Tiene que ver con su manera de entender la vida. Mario andaba con una troupe. Cuando viajaba para documentarse siempre iba con alguien con su familia con sus hijos. Hay un documental precioso que hizo Mauricio Bonet sobre el viaje que emprendió para escribir El paraíso en la otra esquina. Esa idea de estar en un colectivo la celebraba siempre. Y cultivó amistades con gente generacionalmente diversa en muchos lugares. Para él la conversación era importante.–Tú publicaste Historia de un deicidio que Mario dedicó a García Márquez. ¿Qué significó para ti como colombiana y como editora ese momento en que un libro tan emblemático llega a Alfaguara?–Eso fue bello porque Mario no había querido que se reeditara este libro. Existía una única edición en Seix Barral. Luego aceptó también que apareciera en sus obras completas publicadas por Galaxia Gutenberg. Pero nunca se había reeditado como libro independiente. Y cuando estábamos terminando la composición de todas las obras le dije a Mario cuando ya no vivía Gabo por qué ya que estábamos publicando todos sus libros de ensayo no reeditábamos también Historia de un deicidio. Y él me dice: “¿No está?”. Como si él mismo pensara: ¿pero por qué he tomado esta decisión? Y fue facilísimo. Me dijo: “Pero sí ¿por qué no? Solo una condición. Yo no lo voy a tocar. El libro va a aparecer tal cual lo publiqué en su momento”.–También hay un hecho: está el rostro de Mario en sus últimos tiempos pero no está la imagen de Vargas Llosa de joven escritor.–Mira no lo había pensado es la foto que hemos usado en la solapa de todos sus libros últimamente. Sobre la relación con García Márquez hemos publicado también dos volúmenes muy valiosos: Las cartas del Boom y la reedición de ese diálogo increíble cuando acababan de conocerse en septiembre 1967 en la Universidad de Ingeniería en Lima que titulamos Dos soledades. Un diálogo sobre la novela latinoamericana que en el fondo es una entrevista que le hace Vargas Llosa a García Márquez. Y Vargas Llosa se pone puesto que él era el anfitrión en el lugar del entrevistador. Es una gran celebración a García Márquez. Es un libro formidable dos genios literarios que entienden la literatura de maneras distintas pero que la celebran conversando.–Los últimos fueron años difíciles. ¿Cómo los viviste tú como editora?–Para mí era muy triste ver que se iba deteriorando física y también mentalmente. Mario dictaba las conferencias sin un papel. Bueno la vida es así. El cuerpo se deteriora. Pero Mario quiso escribir hasta el último momento de su vida. Hasta que la fuerza se lo permitió él quiso escribir. Era como una manera de sentirse vivo de estar atado a la vida. Siempre pensé en el grandísimo privilegio que fue para mí durante 30 años estar cerca de él. En la lejanía cuando estuve como directora editorial en Colombia y en los últimos 17 años aquí en los que él fue tremendamente solidario conmigo desde que llegué. Fue la primera persona que me invitó a su casa para decirme: “Dime lo que necesitas aquí”. Quiso abrirme puertas. Eso fue hermosísimo. Él y Patricia fueron de una generosidad enorme también involucrándome en su vida familiar. Me invitaban constantemente al teatro al cine incentivando una relación personal.Pilar Reyes Bogotá Colombia 1972.Estudió Letras en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Empezó su carrera editorial desde muy joven como asistente de edición del director editorial del Grupo Santillana en Colombia en 1994. Desde 1997 hasta abril de 2009 estuvo al frente del área de Edición General del Grupo Santillana en Colombia donde se desempeñó primero como editora y luego como Directora Editorial de los sellos Aguilar Punto de lectura Taurus Alfaguara Suma Alfaguara Infantil y Juvenil desarrollando un catálogo local de más de 300 títulos y con un fuerte impacto en la vida cultural colombiana. En mayo de 2009 fue nombrada en la dirección editorial del sello Alfaguara en España. En la actualidad es la Directora Editorial de la División Literaria de Penguin Random House Grupo Editorial.
Entrevista con Pilar Reyes: Mario Vargas Llosa a la luz de su primera lectora
Mario Vargas Llosa el autor de La ciudad y los perros murió el 13 de abril de 2025 hace un año. Tenía 89. Su obra es la de un escritor generoso que no sólo dedicó su vida a la creación propia. Fue un apasionado lector de la obra ajena a la que dedicó una atención inigualable. Fue también un periodis
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